
Leonor Watling, esa mujer, actriz y cantante de la que me gusta todo, traduce al español los razonamientos del muy simpático Jonathan Demme, presidente del jurado, sobre los premios que van a conceder. Asegura el autor de películas admirables como Algo salvaje, El silencio de los corderos y Stop making sense que debido a la alta calidad de los títulos que competían en la sección oficial había sido muy arduo seleccionar lo mejor en el palmarés. No parece hablar en tono de broma ni utilizar la ironía, sino estar convencido de que el nivel medio ha sido extraordinario. De lo cual deduzco que este hombre, que forzosamente tiene que saber lo que es el gran cine, ya que ha sido capaz de crearlo, y el miope firmante de esta crónica hemos estado en festivales distintos, ya que el tono medio de lo que he visto en la sección competitiva ha sido grisáceo, alarmantemente bajo, inmediatamente olvidable.
Echo de menos en el palmarés que hayan ignorado o desdeñado la sensibilidad y el complejo intimismo de la película japonesa Aruitemo, aruitemo y la fuerza expresiva de ese misil contra el fanatismo titulado Camino. Y por supuesto no concibo que un guión tan estúpido como el de la francesa Louise-Michel, sucesión de gags tan caprichosos como carentes de gracia, haya sido premiado. No recuerdo ninguna gran interpretación masculina (sólo destacaría la poderosa presencia y la sobriedad de Colin Firth en Génova), pero tengo claro desde su primera aparición en El nido vacío que el premiado actor argentino Óscar Martínez me cae fatal, visceralidad que me incapacita para valorar su al parecer notable trabajo. Tampoco entiendo el Premio Especial del Jurado a la iraní El caballo de dos piernas, que repite hasta la náusea una situación que daba para un buen cortometraje y es la esclavitud a la que somete al tonto del pueblo un niño tullido al utilizarlo como un caballo.
Por lo demás, encuentro la lógica de que la Concha de Oro se la hayan concedido a la emotiva película turca La caja de Pandora, la lacerante historia de una campesina aquejada de demencia senil, algo que provocará el reencuentro de su desunida familia para buscar la siempre problemática solución y que revelará sus miserias, fantasmas y traumas. Narrada sin efectismo, con dureza y con piedad, es una película que desprende verdad y que te implica en la tragedia de alguien que ya no sabe quién es ni dónde está. También resulta conmovedora la interpretación tan natural como sugerente que hace de esa anciana a la intemperie física y mental la actriz Tsilla Chelton. Es muy justo que comparta con ella el premio Melissa Leo, protagonista de la independiente y muy sólida Frozen river, otorgando dureza y credibilidad a una mujer abandonada por el marido y acorralada por las deudas que intenta sobrevivir en el sórdido negocio de pasar clandestinamente inmigrantes por la frontera entre Canadá y Estados Unidos. No me gusta Génova ya que está prometiendo emociones fuertes desde el principio y todo deriva en la normalidad menos apasionante, pero reconozco la coherencia de premiar como mejor director a Michael Winterbottom, ya que logra tenerte atrapado todo el metraje esperando que ocurra algo memorable. Y te sientes estafado, pero hay que reconocer su técnica y su habilidad para mantener el suspense y al final sólo venderte humo.
PALMARÉS
- Concha de Oro: La caja de Pandora, de Yesim Ustaoglu.
- Premio Especial del Jurado: El caballo de dos piernas, de Samira Makhmalbaf.
- Concha de Plata al mejor director: Michael Winterbottom, por Génova.
- Concha de Plata al mejor actor: Óscar Martínez, por El nido vacío.
- Doble Concha de Plata a la mejor actriz: Melissa Leo, por Frozen river, y Tsilla Chelton, por La caja de Pandora.
- Premio al mejor guión: Benoît Delépine y Gustave Kervern, por Louise-Michel.
- Premio a la mejor fotografía: Hugo Colace, por El nido vacío
- Premio Nuevos Directores: Li mi de cai xiang (The equation of love and death), de Cao Baoping.
- Premio Horizontes Latinos: Gasolina, de Julio Hernández Cordón (Guatemala).
- Premio del Público: Quemar después de leer, de Joel y Ethan Coen.
- Premio de la Juventud: Amorosa soledad, de Martín Carranza y Victoria Galardi.

SAN SEBASTIÁN. Había media docena de películas entre las que elegir, y el jurado se decidió por la turca «La caja de Pandora», una intensa y piadosa mirada a la vejez, y a la erosión, el candor y la lucidez que procura. La Concha de Oro para esta película de la directora Yesim Ustaoglu tiene, pues, un baño de ternura y de generosidad, que se subraya aún más al concederle también el premio de interpretación femenina a su increíble actriz, Tsilla Chelton, que encarna a la anciana sumida en las brumas del alzheimer. Esta Concha de Oro, discutible como cualquier otro título que lo mereciera, es una elección del jurado, de su presidente, Jonathan Demme, y de su vocal, traductora y presencia más próxima, Leonor Watling, por un cine singular, tangible y lleno de sentimientos, anteponiéndolo a otro más reflexivo e impenetrable como el de Rosales, que se ha ganado a pulso el premio de la Fipresci, que otorga la crítica internacional y que responde a otro tipo de análisis y de consideraciones probablemente más profundas y complejas.
El enfoque del jurado para la Concha de Oro es comprensible: una buena película, hecha con materiales nobles y que trata de modo sensible las relaciones familiares entre padres e hijos y nietos. Lo cierto es que este mismo enfoque hubiera servido para premiar la japonesa «Still Walking», de Kore-Eda, que contaba exactamente así una historia parecida, pero, por lo que sea, no prendió en el jurado la lucidez y calidad del japonés.
No es tan fácil admitir el criterio del jurado para otorgar su gran premio especial a la iraní «El caballo con dos piernas», de la joven Samira Makhmalbaf, una película estimulante en su idea, pero absolutamente malograda en su desarrollo. El argumento que esgrimió Jonathan Demme sobre su mirada a los problemas de la infancia no es más que admitir claramente que es un premio geográfico, social o político. Tal vez deberían haber tenido en cuenta que el premio que emana precisamente más de ellos, del jurado, ha de resumir y sublimar su idea del cine, que no será, probablemente, la de un cortometraje forzado y estirado hasta convertirse en largo.
Michael Winterbottom presentó una película, «Génova», que sí certificaba su calidad como director, aunque también traslucía sus pocos escrúpulos: narra un drama familiar, de padre con dos hijas que atraviesan el trago de la madre muerta en accidente, como si fuera una intriga policíaca, con una cámara que olisquea, que previene, que te obliga a temer algo que nunca llega. Vale, es un ejercicio de director brillante, pero también de director fulero. Hubiera sido magnífico que el jurado analizara con tanta manga ancha los trabajos de Javier Fesser, Jaime Rosales o Hirokazu Kore-Eda para premiar a un director. A Winterbottom le pertenecía por derecho otro premio: el de Turismo de la ciudad de Génova, que la vemos de cabo a rabo.
Y hay una película, «Frozen River», de Courtney Hunt, que hubiera merecido cualquiera de los galardones otorgados hasta el momento, por la sinceridad, fuerza y emotividad de la historia fronteriza que narra, pero se la despachó con un segundo premio de interpretación a la actriz Melissa Leo, que interpreta un personaje de una dureza comparable al hielo de ese río que atraviesan con inmigrantes clandestinos. La argentina «Nido vacío», de Daniel Burman, llegó a tiempo del reparto, y su actor, Óscar Martínez, y la fotografía, fueron considerados como los mejores del concurso. Sorprendentemente, no había grandes interpretaciones masculinas, y el papel de escritor de vuelta, marido de vuelta y media, y padre de vuelta y nudo, que encarnaba Óscar Martínez, a pesar de ser irritante y jactancioso, dio la impresión de que no le arrebataba a nadie en particular el premio.

SAN SEBASTIAN.- San Sebastián, el festival, es cosa de mujeres. La ciudad y el País Vasco entero, también, pero eso es otra cuestión. Y ésta es la primera idea a retener de la 56ª edición del certamen que se clausuró ayer. Un cierre, todo hay que decirlo, tan indigesto como 50 huevos duros, los que se comió, ni uno más ni uno menos, Luke El indomable (también conocido por Paul Newman). La noticia de la muerte del actor se conoció justo en el momento en el que el jurado hacía pública la lista de ganadores. Amargo.
A lo que íbamos. La Concha de Oro cayó en manos de la película turca Pandora's box (La caja de Pandora) y, de esta forma, el jurado presidido por el director Jonathan Demme resumió de forma precisa lo que ha sido la edición de este año: el tema estrella fue la familia en descomposición y la sobreabundancia de mujeres en papeles protagonistas abrumó. Así visto, la cinta ganadora, dirigida por la cineasta Yesim Ustaoglu, es, además de una sencilla y bella película, el perfecto resumen de lo visto.
Pendiente de la mirada lúcida y muy sabia de la actriz nonagenaria Tsilla Chelton, la directora narra los avatares de una familia. En tono chaplinesco, entre la risa, el llanto y algo peor, la enfermedad de la protagonista (el alzheimer) funciona como resuelta metáfora de otro mal mayor. Falta el nombre de esta dolencia. Los síntomas son la profunda tristeza que provoca el vivir sin sitio. Tres hijos se ven enfrentados al desastre de sus vidas por culpa de la lucidez inocente de una vieja que se mea encima (tal cual).
Atrae la maestría con la que la directora traza hilos desde la pantalla a las partes más blandas del alma. Sin ruidos, sin estridencias, siempre atenta a una actriz enorme. Justo fue, por tanto, que la Concha de Plata a la mejor intérprete fuera para ella. Eso sí, no quedó más remedio que compartir el galardón. Melissa Leo, la protagonista de la independiente y furiosa Frozen river, también tuvo su lugar al Sol. ¿No suena? ¿Recuerdan 21 gramos y Los tres entierros de Melquiades Estrada? ¿Ni por ésas? Esperen a verla en pantalla. Su rostro es uno de esos viejos conocidos. Siempre en el lugar exacto.
El Premio especial del Jurado, ése que la costumbre da a la película más arriesgada, cambió de orientación. Tiro en la cabeza, clara favorita, se tuvo que conformar con el premio de los críticos. El jurado quiso detenerse en la vida salvaje e injusta (mucho) de los niños protagonistas de Two-legged horse (Un caballo de dos piernas). La cinta cuenta la relación de amor/odio entre amo y sirviente en Afganistán.
El primero vive sin piernas. Sus piernas son las del criado que le hace de caballo. Samira Makh-malbaf, la segunda mujer directora en el palmarés, se dirige de forma frontal, sin rodeos sentimentales, al corazón del espectador. Brutal. Necesaria.
El premio a la dirección se lo llevó, desde mucho antes de que se proyectara su película, Michael Winterbottom. Un nombre demasiado grande para obviarlo. El esfuerzo por hacer de una ciudad entera (Génova), con sus calles y su calor sofocante, un personaje más en una historia sobre el dolor y la pérdida emociona y sorprende.
Y a partir de aquí, ya que estamos, más sorpresas. Estas, menos emocionantes. Raro que el premio al mejor guión fuera a parar a la irrelevante Louise-Michel. Y extraño también fue (aunque para nada inmerecido) que El nido vacío, del argentino Daniel Burman, entrase por partida doble en la lista de honor con el premio al actor (Oscar -sin acento- Martínez) y a la fotografía. ¿Y qué fue de la favorita, la japonesa Still walking de Kore-Eda? Pues eso, que se fue. Otra sorpresa.
Aunque, en realidad, lo único sorprendente fue lo que fue: ¿cómo es posible comerse 50 huevos duros? Grande Luke. Adiós.

SAN SEBASTIÁN - Con cierta indiferencia se acogió ayer la lectura del palmarés en un Festival de San Sebastián conmocionado por la muerte de Paul Newman. Ni pitos ni excesivos aplausos para la Concha de Oro, que recayó en la producción turca «La caja de Pandora», en la que Yesim Ustaoglu añade la variable del alzheimer a un agridulce retrato familiar. Sí hubos abucheos para la iraní «El caballo de dos piernas», de Samira Makhmalbaf, en la que se exploran los límites de la humillación física y psicológica a través de la relación de dos menores, y que obtuvo el Premio Especial del Jurado. Eso sí, el realizador norteamericano y presidente de los deliberantes, Jonathan Demme, se lo tomó con deportividad. Con la colaboración de Leonor Watling, la única española del jurado, el director expresó su satisfacción por «el alto nivel de las películas seleccionadas» y «la atención que los directores han prestado a la infancia».
Escaso éxito español
Aunque ésta es la primera ocasión desde 2004 que no hay ningún español entre los premiados, el jurado se acordó en dos ocasiones de la cinta hispano argentina «El nido vacío» (mejor fotografía y mejor actor, Oscar Martínez). Por su parte, el viaje a «Génova» le valió a Michael Winterbottom el galardón a la mejor dirección. En cuanto a las actrices, Melissa Leo era una apuesta segura con el drama americano sobre inmigración «Frozen River», pero a última hora se sumó al ex aequo la anciana Tsilla Chelton, protagonista de la cinta vencedora, que ha paseado su vitalidad por la Concha estos últimos días. El jurado destacó que éste fue el apartado que más discusiones les costó resolver: «Ha habido actuaciones femeninas excepcionales, y no hemos querido partir el premio en dos, sino darle uno a cada intérprete». La heterodoxia se reservó en el apartado del mejor guión, pues la gamberrada francesa «Louise-Michel», de Benoîte Delépine y Gustave Kerven, que derriba sin temor algunos grandes tabúes (el 11-S, el cáncer...), obtuvo su recompensa. Pocos entendieron la ausencia de «Still Walking», del japonés Hirokazu Kore-Eda, que figuraba en todas las quinielas.
Ayer también fue el día en que Paul Thomas Anderson pisó la alfombra fucsia para recoger el premio Fipresci por «Pozos de ambición». Con un «look» casual, el director explicó su particular ritmo de filmación. En los casi cinco años que transcurrieron desde «Punch-Durnk Love» (1999) y el «western» petrolífero «Pozos de ambición» (2007), «dediqué tres años a la investigación, busqué inversores y entonces mi mujer se quedó embarazada. Ojalá no tarde tanto tiempo para la próxima». Se ha puesto como objetivo convocar un rodaje para el próximo verano, pero sin mucha convicción porque hay cosas más importantes en la vida como «jugar al béisbol», apunta.
No sin Daniel Day-Lewis
Lo que sí es seguro es que volverá a rodar con Daniel Day-Lewis: «Dudo que otro actor hubiera podido protagonizar ‘Pozos de ambición’». Respecto a los premios, el director asegura que «el Teatro Kodak te vuelves competitivo, pero después te das cuenta de que un Oscar no ayuda a que no te des golpes contra la pared si un guión no arranca».
Con 37 años, ha logrado convertirse en uno de los focos para cinéfilos de todo el mundo que admiran su gran versatilidad para cambiar de género y las grandes interpretaciones que consigue de los actores. Sobre su inquieta alma creativa, el realizador explica que «cuando terminé ‘Magnolia’, me dije: no más llantos, ni temas que tengan que ver con el cáncer. Me encanta la sensación de no haber hecho nunca algo igual y morirme de miedo cada día del rodaje».

SAN SEBASTIÁN - Es verdad que no existía una gran favorita para la Concha de Oro, pero La caja de Pandora no figuraba en ninguna quiniela. Sólo una de sus protagonistas, la nonagenaria actriz francesa Tsilla Chelton, parecía poder despertar las simpatías del jurado presidido por el cineasta norteamericano Jonathan Demme. Finalmente, la película de la directora turca Yesim Ustaoglu se alzaba con el máximo galardón del 56º Festival de Cine de San Sebastián, que concluyó ayer con el protagonismo de la jornada lógicamente acaparado por el fallecimiento de Paul Newman.
El cine español, salvador del certamen donostiarra en algunas ediciones anteriores, ha sido casi orillado del palmarés. Ni la controvertida Tiro en la cabeza (capaz de suscitar adhesiones y rechazos igual de enfebrecidos), sobre el terrorismo de ETA, ni la también polémica Camino, de Javier Fesser han arañado ningún premio oficial. La película de Jaime Rosales recibe sin embargo el reconocimiento de los críticos, que le han otorgado su premio Fipresci.
La caja de Pandora es una obra pequeñita, pero su encanto tal vez resida en una aparente falta de pretensiones que le lleva a rehuir la tentación del tremendismo melodramático. Película sobre una estructura familiar a punto de derrumbarse, la razón está del lado de los seres marginales que habitan su historia. Principalmente una abuela aquejada de alzheimer y que reencuentra a su nieto. Un personaje, a la vez conmovedor y divertido, que le ha reportado a Tsilla Chelton una Concha de Plata a la mejor interpretación femenina, compartida por la estadounidense Melissa Leo, protagonista de Frozen River. Una vigorosa ópera prima de la cineasta independiente Courtney Hunt.
Melissa Leo sí figuraba en todas las quinielas gracias a su vigorosa interpretación de una mujer cuyo marido ludópata ha abandonado el hogar. Ella deberá apañárselas, incluso entrando en el mundo de la inmigración ilegal, para poder salir adelante con su hijo pequeño y otro adolescente que quiere ocupar el lugar del padre desaparecido. Muy activa en el medio televisivo, Melissa Leo (Nueva York, 1960) es una curtida actriz que en 1998 tuvo como compañero de reparto al desaparecido Francisco Rabal en La fuerza del destino, filme dirigido por Gregory Nava.
En cuanto a Tsilla Chelton, que cumplió 90 años el pasado mes de junio, es una actriz experta en el teatro de Ionesco y que en cine obtuvo popularidad con ¿Qué hacemos con la abuela?, comedia de éxito que protagonizó en 1990. Dotada de un gran sentido del humor, estos días se ha mostrado muy activa en la capital donostiarra.
Había más actrices que actores premiables en esta edición del certamen donostiarra, señal inequívoca de que hemos visto interesantes personajes femeninos. Aparte de Colin Firth (Génova),el danés Ultic Thomsen (No me temáis)o el palestino Mohamed Bakri (notable como el ex juez taxista de El cumpleaños de Laila),sólo una de las últimas películas vistas en competición, El nido vacío, deparaba a su protagonista un personaje de lucimiento.
Así lo ha entendido el jurado concediendo al argentino Óscar Martínez por su recreación de un dramaturgo de éxito con problemas de pareja y personales. Coproducción entre España y Argentina, El nido vacío, firmada por el joven cineasta Daniel Burman, ha obtenido asimismo el premio del Jurado a la mejor fotografía.
Autor de una o más películas anuales, el británico Michael Winterbottom, adicto al festival donostiarra, recibe la Concha de Plata al mejor director por Génova, que no es precisamente una de las mejores obras de su autor.