
"Vals con Bashir", producción israelí que competirá el próximo domingo por el Óscar a mejor película extranjera, es un film sobre la I Guerra del Líbano que utiliza las técnicas de la animación para contar una historia entre documental y onírica.
La película gira en torno a los esfuerzos del protagonista, que es también el director del film, Ari Folman, por recobrar los recuerdos perdidos de lo que vivió como soldado durante la invasión del Líbano de 1982 y la matanza en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila.
Las conversaciones reales que Folman mantuvo con sus antiguos compañeros de armas y con su terapeuta para tratar de recordar lo olvidado fueron grabadas como un documental y las imágenes fueron después 'traducidas' al lenguaje de animación. Uno de los personajes reconoce en el film que sólo ha accedido a hablar porque en la película no se verá su imagen real, sino dibujada.
Pero más allá de proteger la intimidad de los participantes, los recursos del cine de animación con sus marcados claroscuros y sus movimientos acompasados, dan una fuerza al relato que no tienen las imágenes documentales, sobre todo para el espectador acostumbrado a ver tragedias filmadas en los informativos de televisión.
La animación da además continuidad visual a una narración que mezcla realidad, pesadillas y recuerdos distorsionados por la memoria. Las únicas imágenes reales que se ven en el film aparecen cuando el protagonista al fin recuerda el horror del que fue testigo. Ari Folman dice no haber querido hacer una obra política, pero sí antibelicista.
Como en muchos films pacifistas la historia se centra en los soldados, en sus miedos, su ignorancia y sus posteriores traumas que ponen en evidencia el carácter monstruoso e incomprensible de la guerra, más allá de consideraciones estratégicas.
El director también ha utilizado otro recurso propio de las películas que denuncian la guerra: la música clásica melódica, inclusive el vals que da nombre a la película, para acompañar imágenes de violencia y subrayar el horror, o la contraposición de escenas de batalla y de la vida civil en las que a menudo aparecen niños jugando despreocupadamente.
"Vals con Bashir", que es una producción israelí-franco-alemana, ha logrado ya el Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa de la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood (HFPA), entre otras distinciones internacionales e israelíes.
La Asociación de Críticos de Cine de Los Ángeles premió "Vals con Bashir" como mejor película de animación; el film ha sido nominado, según las organizaciones, tanto en esta categoría como en la de mejor cinta extranjera.
La banda musical de este film que lleva la palabra vals en el título ganó el premio del Cine Europeo; incluye, además de las obras clásicas, piezas de rock y el tema central compuesto por el alemán Max Richter.
El año pasado otra película israelí que también trataba de la I Guerra del Líbano desde el punto de vista de los soldados y con intención pacifista, "Beaufort", fue nominada para el Oscar a la mejor película extranjera.

Marc Forster, director de Monster's Ball y Finding Neverland, se asombró cuando lo llamaron para dirigir el nuevo James Bond y hasta pensó que era un mensaje telefónico en número equivocado. A primera vista, el estilo pausado, concienzudo, del suizo Forster no se prestaba para una aventura del 007, pero a sus frecuentes colaboradores -el camarógrafo Roberto Schaefer y el editor Matt Chesse- les fascinó la idea y le contagiaron a Marc un entusiasmo que se ve desde los primeros 15 minutos.
Quantum of Solace arranca con tres persecuciones tan vertiginosas que no frenan ni para agarrar el resuello. Por insistencia del nuevo realizador, la trama es ambulante y se precipita en vuelo de Italia-Austria-Londres-México-Chile. El presupuesto de $200 millones da enorme salto de los 17 que costó Kite Runner, la última de Forster, pero no hay despilfarro y cada dólar se ve en la pantalla. Es Superproducción con énfasis en Súper.
Forster, sin embargo, no perdió la cabeza y su película es más sesuda de lo usual en los territorios del 007. Daniel Craig nunca levanta una ceja para decir ''Soy Bond... James Bond''; no tiene el hiriente sentido del humor de James Connery, ni el heroísmo irónico de Roger Moore, ni mucho menos la jocosa displicencia de Pierce Brosnan. Craig se toma en serio el personaje y lo interpreta con impresionante atletismo y fría determinación, evocando el espíritu original de las novelas de Ian Fleming. Este tipo es un espía de azoteas y no un dandy de salón.
También por insistencia de Forster, tiene mayor intervención M, máxima figura del Servicio Británico de Inteligencia, personificada con imperiosa majestuosidad por Judi Dench. Cuando no anda en trepidante competencia con Bourne y sus ultimátums, Quantum of Solace se detiene a explorar el duelo psicológico entre la prudente M y su impetuoso agente, que mata sospechosos antes de interrogarlos a fondo. El sutil toma-y-daca entre Dench y Craig sugiere simbiótica relación entre maternal y amorosa.
A Bond lo arrastra afán vengativo tras la muerte de su amada Vesper Lynd y el nuevo capítulo es continuación directa de Casino Royale, hasta el punto de comenzar horas después del preámbulo. El villano de turno es Dominique Greene (Mathieu Amalric), humano en su crueldad y sin la insidia casi sobrenatural de Goldfinger o Dr. No. Con fobia al truco, Marc se negó a complacer a Amalric poniéndolo cojo, bizco o calvo como una bola de billar. Por necesidad, inventaron Bolivia, pero el resto suplica realismo en mitad de lo irreal.
El guión es de Neal Purvis y Robert Wade, pero Forster puso de requisito una revisión final de Paul Haggis, coautor de Casino Royale, para pulir los diálogos y reforzar los caracteres. Los fanáticos de la serie echarán de menos la superchería, pero, guste o no, esto es lo que exigió Marc Forster para reconciliarse con James Bond. Quantum of Solace es de acción constante, pero cada gesto externo tiene motivación interna. Y el más divertido sacrilegio es escuchar cómo Craig se atreve a cambiar la legendaria receta de mezclar Martinis en la coctelera.

La de 007 Quantum (Gran Bretaña-EU, 2008) no parece una típica película de James Bond: no hay gadgets, no hay Q, no hay Moneypenny. Es más, ni siquiera se escucha al inicio el tema de 007 compuesto por Monty Norman y 007 jamás arremete con "Mi nombre es Bond... James Bond".
Asimismo, el humor y el sarcasmo brillan por su ausencia, y las connotaciones sexuales se reducen al mínimo. No obstante, la película 22 de la saga iniciada en 1962 con El satánico Dr. No es quizá la que más se aproxima al universo literario de 007 creado por Ian Fleming a pesar de no inspirarse en ninguna de sus novelas.
Más que una nueva aventura, se trata de una continuación que abre donde la otra terminó. Quizá 007 Quantum no tiene la vistosidad de Casino Royale (Martin Campbell, 2006), pero no demerita de la anterior, con una chica Bond obsesionada con el deseo de venganza.
En tan solo dos películas, sus guionistas han conseguido otorgarle una profunda dimensión sicológica y emocional al personaje de 007. Bond no sólo es un hombre de acción física y una máquina de muerte: es un hombre de obsesión con una psique torturada.
Quizás para muchos Daniel Craig no sea el mejor 007, pero su dureza y su lacónica interpretación proyecta interesantes sombras a un personaje de múltiples aristas.
La cacería que emprende el espía británico para encontrar a los líderes de la enigmática organización que obligó a Vesper Lynd (Eva Green) a traicionarlo, lo conducen de Italia a Londres, de Haití a Austria y de ahí a Bolivia, donde un repugnante villano que pasa como ecologista (Mathieu Amalric), intenta colocar a un dictador a sus órdenes, el General Medrano (aplausos para Joaquín Cosio) y tomar el control de la mayor fuente de agua fresca del mundo.
Marc Forster orquesta con enorme brío un notable filme de acción imparable, apoyado por el director de segunda unidad Dan Bradley, de la saga Bourne, un montaje de adrenalina pura y el soundtrack del talentoso David Arnold.
Los primeros 10 minutos: la persecución automovilística y la escena en la iglesia son en verdad un prodigio de tensión y vértigo, y es que las secuencias de acción resultan memorables, realizadas a la vieja escuela.
En este viaje emocional de Bond, tiene tanto peso la figura de la muerta Vesper que el filme está más cerca de un thriller noir que de un relato de espías. No hay duda, la franquicia está a la alza.

Las expectativas antes de Casino Royale eran muchas: con ella Bond sobrevivía tras años de historias increíbles y alejadas de todo atisbo de realidad o verosimilitud, o marcaba el adiós temporal para el 007. Daniel Craig, el nuevo Bond y el más petiso de todos los que lo interpretaron en cine, demostró tener carisma suficiente, el guión era casi perfecto y la contención que le daba al filme el hecho de que gran parte del metraje se centrara en el casino del título redondearon el mejor título de Bond en años.
Las expectativas con 007 Quantum of Solace corrían casi paralelas. ¿Podría emular, o al menos empatar en materia de rigor, acción, suspenso, a su antecesora? ¿El cambio de rumbo se continuaría?
Lo cierto es que QOS corre en desventaja, y no porque sea una secuela --la película arranca apenas minutos después del final de Casino Royale--. A un producto casi redondo es difícil mejorarlo.
Aquí el agente secreto está enceguecido por la venganza. "Sólo un témpano no querría vengar la muerte de un ser amado", le dice M --si en Casino... estaba por dilucidarse por qué llaman M a la jefa de Bond, aquí hay sutiles datos en boca del agente--. La muerte de Vesper no deja de dolerle, aunque a los pocos días ya esté seduciendo a otra mujer; éste es el Bond menos mujeriego y sexy que se recuerde.
Al comienzo arrollador --persecución en camino acantilado en Italia-- le seguirán otras secuencias de acción, pero que parecen hilvanadas y no como secuencias claras de una unidad. Bond está detrás de Quantum, una organización que derroca gobiernos, consigue apoyos, tiene infiltrados en todas partes y al que la corrupción en países del Primer o del Tercer mundo le viene bárbaro para sus propios beneficios.
La chica Bond es la boliviana Camille (Olga Kurylenko, modelo y actriz rusa), que desea vengar la muerte de su padre, madre y hermanita en manos del General Medrano, el hombre a asumir el poder en Bolivia gracias a Dominic Greene (Mathieu Amalric), un filántropo que se escuda en causas ecologistas pero que está tras uno de los recursos naturales más preciados. Camille y Bond, un solo corazón, porque de sexo, ni hablar.
Craig se la pasa saltando --como en la primera-- y pelea por cielo, mar y tierra, va de Italia a Londres, pasa por Haití y Bolivia a la par que Bond no duerme, sangra y se cura sin que a su rostro le quede una marca. Curioso: los mismos guionistas de Casino Royale no pudieron superarse, y Marc Forster parece dirigir individualidades y no un todo.
Y Bond, sí, volverá, como figura al final de los títulos, seguramente tan cínico como los tiempos que corren y se avecinan.

La sofisticación, audacia y negrura que el director Martin Campbell había conseguido con Casino Royale , el primer film del nuevo James Bond interpretado por Daniel Craig que permitió "resucitar" la saga, desaparecen por completo en esta 22 película de la franquicia, que no es más que una sucesión casi indefinida de escenas de acción (algunas sorprendentes, todas muy profesionales) enmarcadas por una mínima y bastante absurda trama escrita otra vez por el trío de Paul Haggis, Neal Purvis y Robert Wade.
En Quantum of Solace , el agente 007 busca vengar la muerte de su amada Vesper Lynd (Eva Green) en Casino Royale y se enfrenta con Dominic Greene (Mathieu Amalric), un cínico multimillonario que, bajo la fachada de campañas de concientización ecológica, en realidad busca apoderarse de las reservas acuíferas subterráneas de Bolivia.
Como siempre, Quantum of Solace ofrece un amplio recorrido turístico (de la Toscana italiana a la lluviosa Londres, de Haití a Austria), pero son las escenas ambientadas en Bolivia (aunque rodadas en Chile) las más ridículas en su visión demasiado burda y simplista sobre la corrupción de las fuerzas policiales y militares y siempre pintoresquista a la hora de retratar la idiosincrasia latinoamericana. El despropósito se completa con la elección de actores mexicanos y españoles para interpretar a los desalmados dictadores de La Paz con la inevitable mixtura de términos y acentos.
Vértigo y adrenalina
Para quienes gustan de la adrenalina y el vértigo, hay en Quantum of Solace una generosa oferta de tiroteos, explosiones y persecuciones, ya sea en lancha, en autos deportivos o en aviones, trabajada con fría eficacia y con el recurrente (y a esta altura ya no demasiado creativo) recurso del montaje paralelo para generar tensión. En este sentido, y a partir de la creciente incorporación de nuevas tecnologías para el espionaje, resulta evidente que la franquicia Bond intenta parecerse cada vez más a la exitosa trilogía del agente Jason Bourne, una saga que -paradójicamente- surgió con claras influencias de la franquicia 007. En el cine, más que en ningún otro arte, el reciclaje de ideas y estéticas es constante y muchas veces pendular.
Más allá de que el film en su conjunto y el trabajo del director Marc Forster en particular se ubican bastante por debajo del gran nivel alcanzado por Casino Royale , Craig ratifica aquí que se trata de una excelente incorporación a la saga, ya que logra sostener la dignidad y la elegancia de su personaje incluso en medio de situaciones retorcidas e inverosímiles como las que aquí se proponen.
En cambio, ni la ucraniana Olga Kurylenko ni la inglesa Gemma Arterton aportan demasiado (más allá de su belleza, claro) a la rica historia de las famosas chicas Bond. Así, Quantum of Solace termina siendo, apenas, un producto tan correcto en su factura como impersonal en su resultado y efímero en su efecto.