
Jeff Bridges tiene 57 años, barba canosa, mirada miope e incipiente barriga. Su recompensa a esos achaques de la edad es dar la imagen exacta para el mejor papel de su brillante carrera. Es como si hubiera nacido para encontrarse con Bad Black, que lo estaba esperando al final del camino, como versión provecta e inevitable de The Big Lebowski.
Bad Black fue astro de la música country hasta que el almanaque y el alcohol lo rebajaron de categoría. Ahora deambula solo en su camioneta, sin agentes ni acompañantes, para cantar donde lo llamen, cada vez con menos frecuencia y en peores circunstancias. Crazy Heart lo ve cantando en el escenario claveteado de una bolera, con improvisados músicos que apenas conocen su repertorio. Entre un numerito y otro se ausenta para ir a vomitar, no se sabe si de borrachera o de asco.
Llega a entrevistarlo una periodista local, Kate (Maggie Gyllenhaal) que al cabo de dos noches se le entrega con extraña lujuria piadosa. Cuesta trabajo creer que se sienta atraída hacia este andrajo humano, pero Kate es madre soltera de un niño de tres años, con una vida tan vacía que hasta Bad Black le da ilusiones de llenarle siquiera un rincón. Tiene además el glamour de su eclipsado estrellato y no ha perdido sus dotes de compositor. En fin, conserva rastros de una magia aún perceptible para una tejana que escribe de música.
Crazy Heart refiere un intento de redención de Bad Black, que por Kate trata de abandonar sus malos hábitos. Pero cuando le ofrecen mejor programa en respetable auditorio, es como segundón de Tommy Sweet (Colin Farrell), el novato al que un día le dio primera oportunidad y que ahora regresa en plano de ídolo a pagarle al viejo con mendrugos. Black siente que es la degradación suprema en la farándula y se desbarata. Andando sin rastro de bar en bar, se le pierde el hijito que Kate le había confiado. Lo encuentran, pero ya ella no tiene más esperanzas de reformar a Black y lo deja a destruirse solo.
El tema tiene visibles puntos de contacto con Tender Mercies. En 1982 le ganó un Oscar a Robert Duvall, que en Crazy Heart es productor y asume un rol secundario. Se percibe un impulso nostálgico hacia el viejo filme, pero aquel contaba con superior guión, también ganador de Oscar para Horton Foote. El guionista-director Scott Cooper no batea en esa liga de home run pero Crazy Heart es respetable hit de una base.
Y, por supuesto, tiene a Jeff Bridges cantando las melancólicas melodías de T. Bone Burnett, mientras escala las alturas como actor a medida que el personaje va cuesta abajo en su rodada, Bad Black cae en el hospital, le anuncian muerte segura si continúa bebiendo, se recupera y queda flotando la posibilidad de volver con Kate. No convence y no importa. La voz ronca de Jeff Bridges murmurando The Weary Kind es lo que vale el precio de entrada.

Según el diccionario, chipmunks son ardillas listadas y, al mando de Alvin, están listas a repetir el taquillazo de hace un par de años. La directora Betty Thomas hace lo posible, pero el material no es fresco y en la improvisada alacena de las ardillitas hay ahora mucho ruido y pocas nueces.
Dejamos a los muchachos convertidos en astros del rock and roll, pero su orgulloso Dad sufre un paralizante accidente (que le permite a Jason Lee salirse de la película). El nuevo guardián es el desabrido Toby (Zachary Levi), que insiste en matricularlos en el colegio, donde Alvin demuestra potencial en football.
El ex empresario Ian (David Cross) quedó en la inopia, pero milagrosamente y por correo le llegan las Chipettes, trío femenino idéntico a los Chipmunks, en competencia musical con las voces de Christina Applegate, Amy Poehler y Anna Faris. Para el caso da lo mismo porque todos, incluso el Alvin de Justin Long, chillan en la banda de sonido como bisagras sin aceitar.
Lo más interesante de The Squeakel es la rivalidad que surge cuando Alvin se destaca y opaca al aplicado Theodore y al regordete Simon. Igual resentimiento amenaza con dividir a las Chipettes, cuando el aprovechado Ian favorece a Brittany como atracción estelar fuera del grupo y esto casi se convierte en versión roedora de Dreamgirls.
Al público ideal (de seis a diez años) no le importa, pues no están en edad para hacer comparaciones con la mucho más ingeniosa de 2007. Esto es de aceptable matiné, pero decepciona a los que preservan buen recuerdo de la anterior y -quizas desconsideradamente- esperaban más.

Ritchie maneja con destreza el género de acción y sus títulos lo dicen casi todo: Lock. Stock and Two Smoking Barrels, Snatch, Revolver, Rockanrolla. Cuando intenta salirse de la fórmula aparece algo tan malo como Swept Away, que le costó el divorcio con Madonna. En un torbellino de Ritchie no hay tiempo para pensar y aquí sólo se deduce que los ingredientes no cuajaron el potaje.
La publicidad anuncia una nueva, dinámica imagen de los famosos personajes. Eso indica que Sherlock perdió la gorra con visera, la pipa humeante y el abrigo a cuadros. De la clásica creación de Basil Rathbone no queda ni rastro. Y Watson perdió el sentido del humor del semicómico Nigel Bruce.
Desde The Hound of the Baskervilles, la serie de Holmes-Watson fue favorita de una década. Era la pareja perfecta y se echaron de menos cuando el gran Billy Wilder le dio Sherlock al romántico Robert Stephens en la fallida Private Life. Y ahora, de contra, llega el iconoclasta Ritchie, que está a la altura del zapato de Wilder.
Robert Downey Jr. es uno de los mejores actores del momento, capaz de impersonar a un Chaplin inolvidable o a un superheroico Iron Man. Pero el guión de Johnson/Peckham/Kinberg no le da ni un clavo ardiendo al cual agarrarse. A este Holmes atlético y pugilístico lo pudo encarnar cualquier astro taquillero a lo Pitt-Maguire. Para un virtuoso como Downey, Jr. es pérdida de tiempo y talento.
Los publicitarios agregan que el nuevo Holmes se enfrenta a un complot de amenaza nacional. Lo mejor del filme es observar las argucias del casi inmortal Blackwood, muy bien interpretado por Mark Strong. Y si el guión fuese más inteligente, le sacarían partido a la intrigante Irene Adler de Rachel McAdams.
SHERLOCK HOLMES es un espectáculo visualmente atractivo por la minuciosa magia de su recreación de Londres en 1894, con efectiva secuencia en los andamios de construcción del Tower Bridge. Pasan muchas cosas que mantienen ritmo movido, pero tanta buena gente invirtió inútil esfuerzo en algo finalmente fatigoso y decepcionante.

Christopher Isherwood perdió a su amante en 1962 y escribió su elegía en A Single Man, breve novela publicada en la década de los años 60 y desde entonces considerada clásico indiscutible de la literatura gay. Hasta hoy preserva espiritual fervor en su lectura y lo ha perdido por completo en un filme de casi sonámbula enajenación.
Tom Ford, célebre diseñador de modas, debuta como director con un estilo de bella pero frígida contemplación. En el cine, UN HOMBRE SOLTERO registra como una serie de viñetas en las que George Falconer (Colin Firth) reprime la pena que no se atreve a mostrar en público y tiene fugitivos encuentros con una amiga beoda (Julianne Moore), en flashbacks con su gran amor desaparecido (Matthew Goode) y con un alumno de sus cursos universitarios (Nicholas Hoult) en fúnebre flirteo que a nada llega.
De esos breves encuentros, el más emblemático y significativo es con una especie de chulampín madrileño estancado en Los Angeles. Tiene lugar en un parque dominado por inmenso e inútil cartelón de Psycho y los actores hablan en español traducido en subtítulos. El diálogo es tan fatuo y tan falso que -sin querer- da la clave de por qué el resto de la película suena tan hueca y artificial.
Ford compone sus secuencias con equilibrio de color y espacio que la ganaron fama en salones de alta costura. Las imágenes en sepia denotan el estado depresivo del personaje y se colorean por momentos cuando el panorama se le ilumina. La composición es tan estudiada que la pantalla se vuelve marco de fotos para revistas publicitarias: el idilio pretérito de los amantes se encarama en las rocas de una playa con visos de folleto turístico.
Firth no se deja influir por el preciosismo del filme y concentra la angustia de Falconer cuando lo dejan solo y en primer plano, como al momento de recibir por teléfono la noticia del accidente. Pero a su alrededor han intentado dramatizar aun más el tema agregando lo que no está en el libro, o sea que George pasa el último día de su vida y planea suicidarse al caer la noche.
Hay varios ensayos de la autoinmolación con Falconer colocando el cañón de un revólver entre sus labios, medio oculto tras cortinas cómplices. Pero en un final sorpresivo y también inventado, cae junto al lecho, fulminado por imprevista embolia. Ya era hora, porque hacía rato que la película estaba muerta, cadáver y difunta.

Los Morgan son el abogado Paul (Hugh Grant) y la agente inmobiliaria Meryl (Sarah Jessica Parker). Separados y al borde del divorcio, intentan una cena de reconciliación y, de regreso del restaurante, presencian en plena calle el asesinato de un cliente de Meryl, que resultó ser traficante de drogas.
Las autoridades deciden que Paul y Meryl vieron al criminal y que éste podría perseguirlos para matarlos, evitando así ser identificado. (Y eso es lo que hace en lugar de huir, como sería lo lógico, pero en este guión nada tiene pies ni cabeza.) En el programa de Relocalización de Posibles Testigos Oculares zumban a los Morgan lo más lejos posible, a un pueblito de Wyoming llamado Ray. Los Morgan, neoyoquinos de pura cepa, rehúsan irse donde el Diablo dio las tres voces, pero no tienen otra alternativa.
Este largo y tortuoso incidente sólo existe para trasladar a los Morgan a un mundo retrógrado, incomprensible y hostil. En Ray, nadie cierra la casa con cerrojo y dejan los automóviles en la acera, con la puerta abierta y la llave en la ignición, por si alguien quiere darse un paseíto. El ciudadano típico de la nada común comunidad es el bigotudo Wilford Brimley, anunciando en público que en Ray todos votan por el Partido Republicano. Había sólo 14 demócratas, bien identificados y mal mirados, pero uno se murió anteayer. La absurda intención de la supuesta comedia es mostrar un ejemplo de la mentalidad guajira de los llamados Red States, pero la exageración es tal que los Morgan parecen haber caído en un equivalente de ese satélite Pandora de Avatar. Así y todo, el porfiado asesino, equipado de mapas, los encuentra para un final de nada aprovechado suspenso.
El director es Marc Lawrence, que ya dirigió a Hugh Grant un par de veces en Music and Lyrics y Two Weeks Notice; luego, sabe dosificar sus típicos tartamudeos y muecas. Sarah Jessica Parker cada vez se aleja más de la chispeante Carrie Bradshaw de Sex and the City y aquí está pesadísima. Además de que la ponen con la melena chorreando debajo de un aguacero, con resultados tan deplorables que la infeliz empapada podría ponerle pleito al camarógrafo.
¿QUÉ FUE DE LOS MORGAN? se especializa en malgastar buenos actores, con Sam Elliott, Mary Steenburgen y Elizabeth Moss en el reparto de inocentes víctimas. El título pregunta si alguien sabe qué les pasó a los Morgan. Evitando proferir obscenidades, la respuesta es que se metieron a despedir el año en una de las peores películas del 2009.