Buscardor
Lista de Correo
Suscribirse Darse de baja
Ultimos Comentarios
Avatar
Avatar     Calificación:   ★★★★

Una pantalla al mundo nuevo


Cartel Promocional de AVATAR

Cuando se pensaba que James Cameron no podía apostar a hacer algo más grande que Titanic -o que había perdido la razón en el intento-, doce años después de aquel éxito aparece Avatar, una película que deja, al menos en tamaño, a aquel clásico como un filme pequeño ... y hasta es probable que lo supere también en taquilla.

Cameron tenía todo servido para el gran fracaso: el tiempo transcurrido hacía pensar que se había enredado en una lucha tecnológica imposible y los adelantos vistos con las criaturas azules que pueblan el filme (los Na'vi, habitantes del planeta Pandora) eran risibles. Pero no hay más que calzarse los anteojos 3D, sentarse frente a la pantalla y las dudas desaparecen: Cameron está de vuelta. Y su regreso es más que bienvenido.

Avatar cuenta una historia simple y de manera bastante tradicional, al punto que definirla como "Danza con lobos en el espacio" no es tan reduccionista como suena. El filme se centra en Jake Sully, un marine lisiado (Sam Worthington) enviado a Pandora en una misión especial: reemplazar a su hermano gemelo, un científico que ha muerto, como parte de un equipo de investigación en la cultura Na'vi. La forma de hacerlo es a través de un "avatar": el hombre se coloca en una camilla, su ADN es transportado al cuerpo inerte de un nativo y así puede ingresar a la increíble "caja/mundo" de Pandora.

Pero, como Jake es marine, los militares apostados allí quieren utilizarlo para otro fin: convencer a los Na'vi de dejar su tierra ya que debajo del gigantesco árbol que les sirve de "hogar" hay una importante reserva de unobtanium, valioso material que quieren llevarse.

Tras una serie de accidentes (cuando Sully pasa a su cuerpo azul y gigante se entusiasma con la posibilidad de correr), su avatar termina con los Na'vi, entra en su asombroso mundo (una mezcla de selva amazónica con pecera psicodélica que contiene la flora y la fauna más extravagante jamás vista) y, a lo largo del filme, deberá debatirse entre cumplir su misión militar o la científica.

En el medio habrá espacio para una épica romántica (Sully se enamora de la Na'vi Neytiri), una bélica (será inevitable la batalla y la invasión militar), un recorrido geográfico-cultural (Neytiri le muestra a Sully, y a nosotros, los hábitos, costumbres y criaturas de Pandora y sus habitantes) y un combate entre varios mundos: el de la ciencia (con Sigourney Weaver a cargo del programa), el militar (con Stephen Lang como el comandante invasor, un Bush con esteroides) y el espiritual/ecológico que profesan los habitantes de Pandora, conectados a la "Madre Tierra" de una manera, digamos, inusual.

Más allá del aspecto "virtual" de Sully que lo obliga a una extraña doble vida, hay muy poco en Avatar que escape a la estructura tradicional de un western o un filme bélico. Podrían hacerse lecturas del filme como una crítica a la política invasora de los Estados Unidos (de Irak para atrás, toda comparación funciona), tanto en lo militar como en lo cultural ("¿qué podemos ofrecerle a ellos? -se pregunta Jake en su videodiario-. ¿Jeans y cerveza light?"), al punto que uno se pregunta si lo que sucede en la Tierra, paralelamente (corre el año 2154), no se parecerá al futuro visto en Terminator.

Lo que sí es diferente, revolucionario en el sentido de iniciar un cambio tecnológico clave, es su formato tridimensional y sus personajes digitales. En el primer caso, Avatar es un triunfo absoluto. Cameron ha creado un 3D inmersivo que permite al espectador ser casi otro "avatar" de todo el proceso, un participante más del asombroso universo de un filme hecho en base a incontables transferencias (psicológicas, físicas, metafóricas). Y lo hace casi sin apelar a los trucos de lanzar objetos al espectador: el 3D en Avatar engorda la pantalla, le otorga volumen, la expande. Cameron sabe que hay mucho en el cuadro para observar y tiene la discreción (o el clasicismo narrativo) de, más que tirárnoslo por la cabeza, hacernos entrar como en un encantamiento.

Donde la película no termina de "revolucionar" es en el tema de los personajes digitales. Los Na'vi son un gran paso en ese camino, pero sigue habiendo algo indescifrable en ellos y resulta complicado meterse emocionalmente en la historia de la misma manera que se lo haría con actores. Sin embargo, el poder narrativo de Cameron es tal que, al ver el filme más de una vez, uno empieza a olvidar esa extrañeza y logra compenetrarse con esas criaturas gigantes, más allá de que se los pinte con un dejo de condescendencia (o inocencia, o decisión política) y un tufillo new-age.

Avatar es un cúmulo de contradicciones. Una película ecologista y defensora de la naturaleza hecha casi toda digital, virtual. Un filme sobre el respeto a la identidad cultural de los pueblos que aterriza en los cines de todo el mundo a la manera de un ejército invasor. Una apuesta a una revolución técnica armada con una estructura narrativa propia de la literatura del siglo XIX. Una épica de motivos cristianos para una película que abraza una suerte de panteísmo científico. Y así se podría seguir al infinito.

Sin embargo, todas esas contradicciones, más que arruinar la experiencia, la expanden, enriquecen sus lecturas. Sí, es una película con momentos y escenas cursis, con otras prestadas (de King Kong, Matrix, Pocahontas, El Rey León, Tarzán... Los pitufos y se podría seguir, interminablemente) y una buena cantidad de autocitas (Terminator y Aliens en lo audiovisual; El abismo en lo filosófico). Pero su poderío visual y narrativo procesa todo ese material sin fagocitárselo, sin llevárselo por delante. Cameron cuenta, seduce, involucra e impacta. Por momentos exagera y se le va mano, es cierto, pero en tiempos de entretenimientos que se esfuman en el momento en que la pantalla se pone en negro, uno agradece y celebra el exceso.





Avatar     Calificación:   ★★★★

La última gran aventura de Cameron


Cartel Promocional de AVATAR

La promoción de Avatar insiste y promete que éste es el film que cambiará para siempre el modo en que vemos y disfrutamos del cine. Una enorme expectativa que la película, mal que le pese a su director, James Cameron, no cumple.

Avatar es muchas cosas, muchas buenas y hasta muy buenas también, pero ciertamente no revolucionará el cine. Al menos no más de lo que lo hicieron en su momento El abismo, Terminator y hasta Titanic, por citar algunas de las mejores y más exitosas películas del director. Todos films que, como éste, pretenden impartir una lección sobre el uso irresponsable de la tecnología y las terribles consecuencias que podría enfrentar la humanidad -y la ecología- si se entusiasma con lo que es capaz de hacer y deja de pensar en si debería hacerlo. Y todo utilizando los más nuevos e impresionantes efectos especiales que las computadoras supieran conseguir. El de Cameron siempre fue y sigue siendo un cine de mensajes contradictorios y algo superficiales, y sin embargo extremadamente entretenido. Avatar no es la excepción, sino parte de esa regla, de ese estilo, que incluye, sobre todo, imágenes impresionantes, sorprendentes y, algunas veces, como es el caso, bellas en extremo.

El director -fiel a su fama de megalómano, también se ocupó del guión y la edición- creó Pandora, un planeta que en el año 2154 está al borde de ser colonizado por inescrupulosos humanos en busca de un mineral que transformará el lugar de paraíso espiritual a infierno industrial. Con vegetación, paisajes y unos nativos más que exuberantes ‘montañas flotantes, pterodáctilos de colores y árboles luminiscentes’, este nuevo mundo es materia ideal para el uso del 3D.

Y, a diferencia del resto de las películas que utilizan la técnica sólo para impresionar al espectador como si se tratara del truco de un ilusionista, en Avatar funciona como un puente tendido para acercar lo que se ve en la pantalla a las butacas de la sala de cine. Lo que Cameron no logra con el guión algo previsible y unos diálogos que por momentos parecen dictados por Greenpeace lo consigue con sus imágenes, que incluyen a los Na’vi, habitantes originarios del mundo Pandora. Los gigantes azules de rasgos felinos, largas colas y cabello trenzado con unas prácticas terminaciones nerviosas en las puntas fueron diseñados con una tecnología similar al film de animación digital Los fantasmas de Scrooge. Claro que los personajes de Avatar están tan lejos ‘y por encima’ de los de la película de Disney protagonizada por Jim Carrey como la Londres victoriana del espacio exterior.

Amor azul

La historia que cuenta esta película de ciencia ficción comienza con la llegada de un grupo de mercenarios a la base humana en Pandora. Allí, una corporación prepara la definitiva conquista del suelo y de los habitantes del planeta, que aprendieron a desconfiar de los pequeños pero destructivos hombres. Así, para lograr que se rindan sin pelear, un grupo de científicos se acercarán a ellos transformados en versiones Na’vi de sí mismos creadas en un laboratorio.

Entre los exploradores estará Jake Scully (Sam Worthington), un ex militar parapléjico que reemplazará en la misión a su fallecido hermano gemelo, un científico listo para integrar el equipo de la doctora Grace Augustine, experta y admiradora del nuevo planeta. Interpretada por Sigourney Weaver, la heroína de la saga Alien (cuya segunda entrega dirigió Cameron), Augustine se suma a la lista de mujeres poderosas, sensatas y sabias que el director suele poner al frente de sus relatos y de sus protagonistas masculinos. Y no es la única en Avatar. Para dar lugar al romance que sus films siempre incluyen aparece Neytiri, una suerte de princesa Na’vi, que será la encargada de enseñarle a Jake los usos y costumbres de los suyos.

Con la voz y muchos de los rasgos de la actriz Zoe Saldana (Viaje a las estrellas), a este personaje le tocará transmitir las premisas new age que son el costado más flaco de la película, aunque lo hará desde el lugar de poder que antes ocuparon la Sarah Connor de Terminator, la teniente Ripley de Alien y el personaje central femenino de El abismo.

Entretenimiento puro

Si bien el director parece tener una habilidad especial para escribir mujeres creíbles y a veces más profundas que las tramas que protagonizan, no parece suceder lo mismo con sus contrapartes masculinas. El personaje de Scully, interpretado con solidez por Worthington, no logra mucho más que cumplir con el estereotipo del converso, mientras que al villano de la historia no le va mejor. El coronel Miles Quaritch (Stephen Lang) es un militar irracional, casi demente, cuyo único objetivo es destruir al enemigo con todas las armas a su disposición, sin aceptar más grises en su razonamiento que el de las bombas que está ansioso por lanzar.

Sin contar con un guión especialmente original ni sutil en sus intenciones, Avatar es, de todos modos, un espectáculo cinematográfico alucinante, un viaje a un mundo que al final de las entretenidas más de dos horas y media de metraje al espectador le costará dejar atrás.





AVATAR     Calificación:   ★

Mentiras arriesgadas


Cartel Promocional de AVATAR

Al abandonar la sala, los espectadores salen noqueados y, en vez de comentar si la película les ha gustado o si la consideran buena o mala, prefieren limitarse a decir que lo que han visto es una película muy bien hecha. La reacción es sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que, tradicionalmente, los motivos que acercaban el público a las salas no era el disfrute de un alarde tecnológico, sino el reconocimiento de un buen guión, de una buena interpretación o el resultado de una buena diversión. Avatar no funciona comercialmente según la lógica del cine clásico, sino con la de los blockbusters que han convertido la técnica en una gran atracción y las inversiones millonarias en un reclamo publicitario. No obstante, Avatar ha decidido ir más lejos y ha convertido su exhibicionismo tecnológico en la promesa de una nueva forma de ver cine. Su reclamo publicitario no se ha limitado a alardear de los 300 millones de euros invertidos en su producción, sino que ha querido establecer un ambicioso horizonte de expectativas que ha hecho creer a los consumidores que en el cine habría un antes y un después de Avatar. Después del estreno de la experiencia quedarían condenadas a la obsolescencia todas las películas bidimensionales y las imágenes 3-D se impondrían como gran alternativa de futuro. Ni Jean-Luc Godard, ni David Lynch, ni Martin Scorsese, ni Huo Hsiaohsien, ni Clint Eastwood, ni el cine filipino de Lav Diaz o Raya Martin tendrá sentido si no son capaces de reciclarse al 3-D. Todo el cine envejecerá veinte años ante las nuevas imágenes de Avatar. Hay pocos ejemplos en la historia del cine en que el grado de ambición y de superchería haya alcanzado cotas similares. Es por este motivo que hemos de admitir la existencia de un gran fracaso en Avatar, básicamente porque la experiencia no cumple ninguna de sus promesas, factor que la convierte en una película escandalosamente mentirosa.

Entre las promesas tejidas en torno a Avatar, la más escandalosa es la de su proyección en 3-D. Frente a unas imágenes estereoscópicas que durante el año 2008 han sido incapaces de superar la franja del infantilismo, ha llegado la hora de convencer a los adultos para que acepten la prótesis de las gafitas polarizadas. Avatar no plantea ninguna reflexión estética ni formal sobre cómo el uso de una nueva tecnología puede cambiar los diferentes niveles de la expresión cinematográfica ¿Qué es un plano en Avatar? ¿Qué es un travelling en 3-D? Lo único que interesa a James Cameron es cómo expandir la espectacularidad fílmica mediante nuevos efectismos. Tal como son usados los efectos resultan primarios, tienen menos impacto que las obras de animación reciente, a pesar de que la experiencia es en un sesenta por ciento una obra de dibujos animados. Si la gran aportación del 3-D consiste en que crea una nueva forma de ver la profundidad de campo, la verdad es que la transformación del espacio en una serie de capas superpuestas sabe a muy poca cosa. Los valores plásticos de la fotografía quedan diluidos y la imagen adquiere una tonalidad muy metalizada.

Una vieja historia

Al final de la función, la sensación que provoca Avatar es que sus tres dimensiones brillan menos en las grandes batallas que en los interiores, que sus paisajes infográficos no necesitan tomar relieve porque son terriblemente kitsch y que su montaje ha sido más pensado desde una perspectiva bidimensional que tridimensional. Es cierto que a nivel tecnológico incorpora algunos elementos interesantes y que en su millonaria inversión existe una cierta profesionalidad. Las imágenes más nuevas tienen que ver con el modo en cómo construye un cuerpo. De hecho, el elemento más inquietante de su trama surge cuando nos sugiere la transformación de un cuerpo real en un cuerpo de síntesis. Parece como si la resurrección del marine Jack Sully en el cuerpo de un indio del planeta Navi fuera la celebración del acto de usurpación del cuerpo humano por su doble virtual, como si las imágenes CGI celebraran haber dado un gran paso en el sueño de suplantar las criaturas humanas por sus dobles animados.

La fascinación tecnológica que en el público ejerce la atracción de Avatar provoca que no exista un verdadero debate crítico en torno a su relato, sus métodos narrativos o incluso en torno a los modelos estéticos que se ponen en juego. Es en el análisis de todos estos aspectos donde la promesa de novedad acaba derrumbándose. Cameron construye una historia terriblemente vieja, la cuenta jugando con unas bazas sentimentales anacrónicas y con una estética feísta en la que los delirios zen mal digeridos alternan con el ecologismo new age más simplón. Si todos estos elementos deben definir el futuro del cine, la verdad es que la experiencia resulta patética. Si analizamos la historia del film veremos que ésta actúa como un auténtico mix de El último mohicano, Pocahontas, Un hombre llamado caballo, Pequeño gran hombre, La selva esmeralda o Bailando con lobos. Todos estos relatos -con la excepción de la película de John Boorman- nos hablan de raíces míticas del continente americano, como un espacio en el que existía un paraíso ancestral que fue agredido por el hombre civilizado, generando con su gesto el pecado original. En todos ellos, la existencia del pecado es determinante. Una vez destruido el Paraíso no puede regenerarse. Adán y Eva son expulsados y la nueva América debe sentar sus bases asumiendo el peso de la culpa. Avatar nos habla de la mala conciencia blanca, incluso podríamos llegar a verla como una metáfora sobre la mala conciencia generada por la invasión en Irak, pero su mecanismo es tan convencional que es incapaz de asumir el pecado. La chica protagonista tiene que dejar caer su lagrimita mientras suenan los violines y el caos desaparece frente a la armonía. En el fondo, la experiencia es incapaz de superar un estadio de un infantilismo en que todo es muy simple. El malo está diseñado con un trazo tan grueso que no funciona ni como caricatura y la pareja protagonista tiene tan poca psicología que acaba siendo la quintaesencia de una pareja naif.

Eficacia y buen ritmo

Es cierto que, si hubiéramos dejamos de lado las mentiras arriesgadas que han acompañado la difusión de la película, quizás tendríamos menos prejuicios en reconocer que James Cameron es un brillante creador de grandes espectáculos y que posee esa fórmula mágica capaz de atrapar a un público previamente convencido con sus alardes. La película tiene buen ritmo, los cinco actos en que se desarrolla la acción se digieren con comodidad y hay algunos recursos eficaces como la interpretación que hace del mito de la frontera situándolo entre lo real y lo virtual. No obstante, si de algo adolece la imaginación de Cameron es de sentido del humor. Avatar podría incluso llegar a ser aceptable si construyera paisajes más bellos y no hinchara la grandilocuencia de sus batallas finales con unos compases musicales propios de una mala imitación del Carmina Burana. James Cameron no es el rey del mundo, pero tampoco, a pesar de las mentiras, es un impostor al estilo de Michael Bay.







Cartel Promocional de AVATAR

Fue Steven Spielberg quien, en El mundo perdido, dio un salto adelante dé auténtico velociraptor en el proceso de naturalizar las imágenes digitales integradas a la acción real. Las secuencias de seguimiento y captura de animales jurásicos que emprendían los protagonistas, desde sus vehículos, a la manera de los cazadores de Hatari!, pulverizaban de una vez por todas la idea baziniana del cine como ventana abierta al mundo. Doce años después, el espectáculo que propone James Cameron en Avatar culmina esa perfecta hibridación de lo real y lo infoqráfico. El contraste con el film de Spielberg es, sin embargo, demoledor, porque la agitación aventurera que permitía establecer, en aquel caso, un desprejuiciado diálogo con el gran cine de acción del pasado, parece dar paso a un parsimonioso documental de naturaleza para salas lmax.

Tal vez haya sido la experiencia de Cameron en los filmes de divulgación que realizó a propósito de los secretos del Titanic y otras maravillas oceánicas, el motor que ha animado los ritmos y protocolos visuales con que se presenta esta nueva experiencia "sin límites", publicitada de un modo no diverso al que se usa en los atrayentes reclamos de visitantes para zoológicos y aquariums. La apuesta por el cine digital radicaliza, pues, el desafío a André Bazin de una manera paradójica, Se trata de filmar un mundo imposible con la constancia testimonial de un pionero. No estamos lejos de encontrarnos con un Flaherty del simulacro, lanzado a la paciente exploración de nuevos continentes virtuales. Cuando vemos cómo Cameron detalla los ritos comunitarios del pacífico pueblo extraterrestre que habita los bosques de su planeta de ficción, entendemos que ya existe espacio digital para todos los exóticos 'Moanas' del siglo XXI. Lástima que esa delectación contemplativa suponga una renuncia a la épica convulsa de Terminator y Aliens. Es tan superficial la trama eco-pacifista narrada en Avatar, que se impone la añoranza por los tiempos en los que Cameron no era un dios soberano, sino un demonio beligerante y convulsivo, lanzando lúdicas ráfagas de serie B al corazón del género.







Cartel Promocional de AVATAR

En la monumental pentalogía literaria El Libro del Sol Nuevo, de Gene Wolfe, Severian, el protagonista humano de la saga, departe con los extraterrestres Ossipago, Famulimus y Barbatus en el camarote de una nave espacial que reproduce el entorno alienígena de estos. Es un espacio que desafía toda descripción en el lenguaje terrícola. Los personajes advierten el desconcierto de su interlocutor y uno de ellos apunta que cualquier entorno humano resultaría igualmente extraño y desconcertante a sus ojos.

Tras contemplar Avalar, cualquier aficionado a la ciencia ficción literaria puede celebrar que, por fin, la tecnología se ha puesto a la altura de la imaginación más desaforada que ha dado el género y, al mismo tiempo, lamentar que James Cameron no haya tenido la gentileza de recurrir a ese legado para dar mayor espesor conceptual a su recital de formas.

Parece que el cineasta no ha querido que el espectador se sienta como Severianen la habitación de Ossipago, Famulimus y Barbatus y, por eso, Avalar no apela tanto a lo futuro y extraterreno como a las mitologías fundacionales del western, a las texturas aerografiadas de la ilustración fantástica de los ochenta y a la evolución new age de las bases estéticas de la historieta europea de la generación Métal Hurlant (aunque conviene no olvidar el insoslayable referente del Valerian de Mézieres y Christin, que George Lucas conoce al dedillo). Avalar es El regador regado de un cine por venir que, quizás, se atreva algún día a enfrentar desafíos tan radicales como los que plantea la pentalogía de Gene Wolfe.

Sería impreciso -e injusto- no reconocer en Avalar un sustrato de sólida ciencia ficción, que, por un lado, da forma a uno de los conceptos con más números para irritar a los detractores del ecologismo cameroniano -la justificación científica de la conexión espiritual entre los na'vi y su entorno- y, por otro, toma como reconocida influencia la novela corta Call Me Joe, de Poul Anderson, protagonizada por un parapléjico conectado telepáticamente a un álter ego sintético que se mueve y lucha sobre la superficie de Júpiter.





Más Opiniones Avatar


Comentarios
© lasest · 2006