
Nancy Meyers provocó el regocijo del público desnudando a Diane Keaton y Jack Nicholson en Cuando menos te lo esperas y trata de repetir ese éxito con otra comedia de amor y enredo cuyas estrellas, Meryl Streep y Alec Baldwin, gozan con experiencias eróticas que el género reserva a actores jóvenes por considerarlas indecorosas a edad avanzada.
Meyers tiene la edad de sus heroínas y, como ellas, es madre divorciada y se ha ganado un prestigio profesional y un éxito económico que le permite vivir en un paraíso situado en California con lo que seguro que sabe de quién habla: de ella misma.
Al cabo de diez años de separación y casi tantos de psicoterapia, Jane (Streep), ya libre de resentimiento que no de reproches a su ex (Baldwin), redescubre la pasión con éste, pero la relación es ocultada cuidadosamente porque ella no quiere perturbar la estabilidad emocional de sus hijos ni la suya propia y porque él se ha vuelto a casar y su mujer está empeñada en quedarse embarazada. Encima, aparece otro divorciado (Steve Martin) que se enamora de ella.
Las posibilidades cómicas de la farsa de ocultación se reducen a un par de secuencias, mientras que la comedia amable sobre las dudas de la divorciada convertida en amante del ex marido de nuevo infiel pero con otra deja a Streep exhibir un empachoso repertorio de risas tontas, supuestamente encantadoras. Algunos diálogos, adjudicados a Alec Baldwin, tienen mucha gracia, al igual que algunos gestos de Steve Martin, el tercero en discordia.
Lo +: La conversión de Alec Baldwin en un actor de comedia capaz de caricaturizar su propia gordura.
Lo -: ¿Por qué los hijos de una pareja divorciada pueden censurar su reconciliación? Por sentimentalismo hollywoodiense.

La excepcionalidad del escueto cuento de Maurice Sendak sobrevive en esencia en las imágenes de la película de Spike Jonze en una duración convencional. Como en aquel, cuenta la historia de un niño airado que huye de la casa familiar y aterriza en un lugar fantástico y excepcional.
Tras un estimulante arranque más o menos realista, el relato de Jonze se aventura en un territorio de apariencia reconocible en el que sus habitantes bien podrían definirse como materializaciones de impulsos, sentimientos o impresiones antes que como simples personajes al uso.
Entre los mejores hallazgos del director se cuenta un equilibrio perfectamente inestable entre lo racional y lo onírico, entre la mirada del adulto y las reacciones primarias, espontáneas y caprichosas de la mente infantil, lo que llena la pantalla de gozosos momentos retozones, en los que esos monstruos como de trapo, con el niño de por medio, resuelven sus diferencias a empujones, a golpes, ajenos a la violencia.
Lo +: En un extremo el magnífico comienzo y en el opuesto algunas secuencias más gamberras que tiernas.
Lo -: Lo que se pierde en la versión doblada y el desconcierto sobre si es un filme dirigido al público infantil o no.

Un director centenario y con casi ocho décadas en activo se merece mucho respeto. Pero del respeto a la patente de corso hay una distancia demasiado grande y su última película no es de recibo: un cortometraje alargado 'ad nauseam' hasta conseguir la duración mínima de un largo. La historia resulta obsoleta, con unos personajes del siglo XXI que mantienen comportamientos y actitudes decimonónicas (el protagonista besa la mano de su tío y tutor para saludarle, no se puede casar sin su permiso...); planos de un estaticismo innecesario y exasperante.
Las interpretaciones son tan hieráticas que acaban por resultar acartonadas y una serie de homenajes del director que no vienen a cuento, desde la visita a la casamuseo de Eça de Queiroz (autor del relato en que se basa el filme) hasta la presencia de sus actores fetiche, Luis Miguel Cintra, ofreciendo un recital de poesía, y Leonor Silveyra, haciendo mohínes mientras el protagonista le cuenta sus cuitas.
El mejor Oliveira aparece en los últimos dos planos, pero para entonces ya es tarde.
Lo +: Los dos planos finales: el de la chica desmadejada en una silla y el del tren que se aleja.
Lo -: El insoportable y absurdo cortometraje 'Mudanza', de Pere Portabella, que precede la película.

El retraso en su estreno, un año después de clausurar Cannes y pese a contar con un retrato plagado de pesos superpesados de la gran industria, puede dar alguna pista sobre la naturaleza de esta película que se aventura a desvelar algunos de los usos y costumbres del supuestamente maravilloso e idílico mundo en el que se fabrican las películas.
Y es que el resultado se deja ver con agrado pero sin entusiasmo porque, por una parte, intenta ser una sátira inteligente y más o menos realista, pero también pretende hacer comedia. Desde luego no llega a ser tan ácida o tan cáustica como los modelos indiscutibles del género, véase 'Cautivos del mal' o 'El crepúsculo de los dioses', ni tan zafia o gamberra como la eficaz y destroyer 'Tropic Thunder'.
Inspirada en unas memorias del productor Art Linson, está contada desde la perspectiva permanentemente atormentada de un álter ego que interpreta, con entrega pero sin inspiración, Robert de Niro, un personaje permanentemente agobiado por irresolubles conflictos profesionales y personales, atrapado entre los caprichos creativos de un director que se considera un artista y la dureza pragmática de una jefa de estudio.
Al tiempo, distribuye sus ininterrumpidas conversaciones por el manos libres, mientras camina o conduce, entre unos cuantos hijos de matrimonios anteriores y los coletazos emocionales, ataques de celos y demás de su relación más reciente. Pero el dramatismo de los resultados de una película afecta a los pocos que la hacen y hay desajustes sentimentales más interesantes.
Lo +: Bruce Willis haciendo de sí mismo, como estrella huidiza y caprichosa, y la siempre magnífica Robin Wright Penn.
Lo -: Cierta tibieza que impide sobrepasar los límites de la mera corrección y saltar a algún grado de libertad y de locura.

De Hamlet, Romeo y Julieta, cualquier clásico teatral o de sus correspondientes adaptaciones a la pantalla se da por descontado que acaben como acaban, sin que ello sea en sí mismo un inconveniente; más bien, todo lo contrario. Pero lo previsible, en el cine, necesita de otros alicientes complementarios: que esté bien contado o que la manera de hacerlo sea novedosa; que los personajes sean creíbles o tengan relieve y personalidad y que lo que se ve en la pantalla trascienda su primera apariencia o un inabarcable sinfín de variables equivalentes.
De las películas de atracos supuestamente perfectos lo sabemos casi todo de antemano, pero algunas resisten el paso del tiempo y los repetidos visionados, sin que su frescura o su emoción desmerezcan de las del primer día. Desde luego, no es el caso de este voluntarioso pero impotente thriller de acción que se pretende intenso, trepidante y moralmente complejo y que apenas alcanza el mínimo virtuosismo formal exigible a una producción de su calibre.
Aparentemente escueta, pues se ahorra casi todos los preliminares, el censo pormenorizado de los personajes y la descripción detallada del plan, pasa directamente al asalto al furgón por parte de sus propios guardianes. Se agradece su escasa duración y, pese a todo, se hace larga y cansina. Lo mejor, a priori, es su reparto desbordante de testosterona. Aunque, aparte de su magnífica estampa de tipos duros y ademanes ambiciosos y violentos, poco pueden aportar los actores a unos personajes tópicos, monocordes y desdibujados.
Lo +: La credibilidad física de Matt Dillon, Laurence Fishburne, Jean Reno y compañía, en medio de la obviedad en la que se ven metidos.
Lo -: Las razones casi ordinarias del personaje positivo para comportarse como héroe y mantenerse del lado de lo políticamente correcto.